Una Colorada
April 1, 2008 by Revista Opción
Filed under Opinion
Lilia Cisneros Luján / Por la brutal disminución en la producción de alimentos, el aumento perverso de la pobreza, la migración incontrolable, una criminalidad globalizada y, azotes en la salud derivados de la ingesta de transgénicos o medicamentos que supuestamente curan algo pero afectan el todo del cuerpo, la raza humana se enfrenta a su extinción. Sin soslayar los temas de calentamiento global, destrucción de bosques y selvas o, la contaminación de mantos acuíferos, aire, playas y mares, aun los mismos promotores de una industrialización exagerada, empiezan a reconocer que se han equivocado. Pongamos como ejemplo al campo de México. La revolución de 1910, entre otras muchas reivindicaciones, reconoció que en el ámbito rural, la productividad se basaba en un sistema de producción colectiva, destinada básicamente al auto consumo y por ello estableció un sistema de propiedad –comunal y ejidal- que sin negar la posibilidad de lo privado pusiera los límites necesarios para evitar el acaparamiento y garantizar equidad en el acceso a los bienes primarios. Aun hoy, con todo y el embate del TLC, las modificaciones constitucionales del salinato y la voracidad de las transnacionales, el 92% de los productores de maíz, posee predios menores a cinco hectáreas y aportan el 56. % de la producción total. De su producción 52% se destina al auto consumo, es decir permite a estas personas la posibilidad de comer. En la década de los setenta, se promovieron los huertos familiares –algo que por cierto en Europa es común y corriente y provee de alimentos exentos de modificaciones genéticas y contaminación por el uso excesivo de fertilizantes- la hidroponía, y en general la producción a baja escala. Todo ello se tiró por la borda, con el esquema de las grandes comercializadoras y exportadoras, hoy en manos de capitales no mexicanos que nos venden espinacas contaminadas con E. koli, fresas repletas de amibas y verduras o frutas cosechadas antes de tiempo y maduradas con productos químicos. ¿Está Usted seguro del “origen natural” de los productos que hoy le venden a precios de oro en esos mismos almacenes? ¿La clase media –que en 1982 representaba el 30% de la población y hoy solo alcanza el 15%- puede estar segura de que sus hijos no padecerán cáncer, asma, reflujo, diabetes, lupus, o cualquier otra enfermedad vinculada con el sistema inmunológico como resultado de una dieta plena en conservadores, edulcorantes y saborizantes artificiales? ¿No le parece la mayor injusticia social, que sólo las personas con mayor poder adquisitivo puedan acceder a comida no contaminada? Cansada por el agobio del asfalto, los altos precios de la tortilla, el sabor a amoniaco de la leche y las hormonas del pollo o la carne, buena parte de la población urbana está pensando en adquirir una mínima propiedad rural, abandonada por aquellos a quienes la falta de apoyo gubernamental, les ha obligado a emigrar a los campos extraños, donde se produce maíz modificado, cítricos, piñas y arroz transgénico cuyas importaciones superan en mucho lo que antes producíamos. ¿Estaremos siendo testigos de una vuelta forzada a lo elemental del núcleo familiar unido por el esfuerzo común y deseoso de reencontrase con la naturaleza, la maravillosa vista de las estrellas, el azul de un día soleado y la bendición del agua que cae del cielo? Por supuesto esta solución tendrá que sortear muchos escollos. Para empezar nuestra desempleada clase trabajadora no sabe mucho de arrozar, barbechar, ni sembrar. Más allá del césped del mínimo jardín pocos conocen la ciencia del crecimiento de la vida en el campo en donde se enfrentarán con carencia de apoyos, corrupción en el manejo del agua y lo que es más grave una muy desleal competencia, de los grandes productores de todo lo que hoy comemos para enriquecimiento de unos cuantos y la miseria de las mayorías. Hoy por hoy, con todo y el criminal olvido del campo, ahí, después del éxodo rural de más de 15 millones de personas, siguen sobreviviendo 25 millones de campesinos. De ellos el 72% son altamente marginados, sin aulas para dar educación básica a los 15 millones de niños que ahí crecen, convertidos en dependientes de insumos agroquímicos y, en el mejor de los casos, en beneficiarios de la caridad de ONG´s con las que los millonarios tratan de lavar sus culpas.





