Calderón urge acuerdos ante cambio climático

February 1, 2010 by Revista Opción  
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El presidente Felipe Calderón llamó a evitar divisiones ideológicas obsoletas en el mundo que obstaculizan la construcción de acuerdos para combatir el cambio climático.
Al dictar una conferencia esta problemática en la sede de la ONU, en Tokio, el mandatario mexicano insistió en que no se trata de optar entre gastar y no gastar para frenar el cambio climático, porque va a costar más dinero si no se actúa ahora
“Es más barato prevenir”, alertó Calderón ante expertos y académicos, reunidos en la Universidad de la ONU.
“Estamos dispuestos a escuchar todas las voces, queremos que todas las voluntades estén en la mesa, y eso nos permita llegar a un acuerdo constructivo”, ofreció Calderón.
Pidió poner en práctica todo el compromiso, flexibilidad y creatividad para la construcción de acuerdos.
“Para formar alianzas constructivas, para evitar el obstáculo de divisiones ideológicas obsoletas, pero sobre todo para algo medular que aún está haciendo falta en la comunidad internacional: restaurar la confianza”, afirmó el Presidente.
El titular del Ejecutivo federal dijo que esa confianza debe ser similar a la que sirvió de base para optar el protocolo de Kyoto, que está por llegar a su fin.
Reiteró que no sólo los países desarrollados son responsables de la emisión de contaminantes que fomentan el cambio climático, aunque son los mayores responsables, no tienen toda la culpa.
Con esta conferencia el Presidente de México abrió su último día de actividades en su gira oficial en Japón.
En torno a la ayuda enviada por nuestro país a Haití, Calderón presumió las más de 15 mil toneladas de ayuda en alimentos y medicinas recibidas por los damnificados del país caribeño.
Esta cifra representa casi dos kilos de ayuda por haitiano, o por lo menos 5 kilos por cada damnificado.
“Después de enviar esta ayuda a Haití, ¿qué sigue?”, cuestionó el mandatario, por lo que añadió que es necesario un plan de reconstrucción para Puerto Príncipe (EL UNIVERSAL)

El autobús, una obra que abre interrogantes acerca de la fe.

October 8, 2009 by Revista Opción  
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el autobusConaculta.- La fe no es lo peligrosa, sino caer en los excesos o actuar dejándose llevar por la culpa o el miedo. Tal es la tesis planteada en la obra El autobús, escrita por el dramaturgo suizo Lukas Bärfuss, el autor contemporáneo más reconocido actualmente en su país.
Debido a la peculiaridad de su propuesta, el director mexicano Carlos Corona decidió montarla con un grupo de siete actores. Se estrenará el próximo 13 de octubre en el Teatro El Granero Xavier Rojas del Centro Cultural del Bosque, donde tendrá temporada hasta el 8 de diciembre del presente año.
Corona explica que desde que conoció el texto quedó cautivado por la singularidad del lenguaje y contenido creado por Bärfuss, quien es considerado uno de los dramaturgos más importantes en la actualidad.
La obra plantea la historia de una mujer que, por equivocación, se sube a un autobús con pasajeros que van en busca de un lugar de sanación, cuando ella quería ir a un santuario a cumplir una manda. La historia resultó idónea para el autor para hacer un cuestionamiento sobre la fe.
El autobús, explica el director, funge como una metáfora del mundo, de los seres que lo habitan y de cómo su camino puede ser desviado por el chofer, que lo mismo puede ser conducido por el diablo que por Dios.
Hay que recordar que esta tragicomedia se dio a conocer en nuestro país hace más de año y medio, cuando se montó tan sólo como una lectura dramatizada dentro del Primer Ciclo de Teatro Germánico Contemporáneo, que organizó el INBA, el Instituto Goethe y las embajadas de Suiza, Alemania y Suiza en México.
Sobre el interés de montar esta obra, Corona explica: “Es una pieza que hace una pregunta muy provocadora y si la fe en realidad se origina por el misterio o en realidad es resultado de un miedo. El autor deja abierta la posibilidad de que quizá creemos en Dios porque no entendemos tal misterio”.
A decir del director mexicano, lo más interesante del planteamiento es que Bärfuss no da respuesta alguna a tal pregunta. De hecho, sugiere varias hipótesis respecto a la trama: ¿será que la protagonista se subió al autobús equivocado por error, por accidente? ¿o en realidad ese trata de un hecho que ya estaba escrito, planeado?

-¿El suizo hace una crítica al fanatismo religioso?

“Más bien es un cuestionamiento sobre la fe. Nos muestra que la fe es algo inherente al ser humano, que necesita creer en algo, encontrar respuestas en un ser divino, pero advierte en no caer en el fanatismo, porque moverse a partir de miedos o culpas puede ser peligroso.

Como creador escénico, Corona confiesa que se sintió muy satisfecho con el montaje, ya que es un autor con el cual se identifica por la formas de manejar el cinismo y de no ser tan tajante a la hora de plantear situaciones.

Sobre las cosas que más lo sedujeron comenta: “Me gustan mucho los diálogos que construye, son muy veloces y cortos. Asimismo, me fascinaron los personajes que propone, que demuestran que es un gran observador de los seres humanos.  Y es que nos presenta a protagonistas que son muy complejos pero al mismo tiempo muy comunes”.

El reparto es encabezado por el actor Hernán Mendoza, quien está acompañado de Violeta Sarmiento, Carmen Ramos, Carlos Orozco, Jacobo Lieberman, Yliana Cohen y Miguel Ángel Vázquez. Para Mendoza, la obra es un gran ejemplo de lo que acontece a nuestro alrededor. Basta reflexionar en su personaje de chofer del autobús.

“Todos somos los choferes de nuestras vidas. Podemos ser buenos o malos. Tenemos la capacidad de crear o destruir. Podemos ser Dios o el diablo”.

La obra se presentará todos los lunes y martes, a las 20:00 horas en el Teatro el Granero Xavier Rojas, ubicado en el Centro Cultural del Bosque, Paseo de la Reforma y Campo Marte. No habrá funciones los días 2 y 16 de noviembre.

Una plataforma de la Antártida pierde una superficie de hielo del tamaño de Nueva York

April 29, 2009 by Revista Opción  
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1240939783_1El deshielo polar desencadenado por cambio climático continúa su proceloso camino. Varios trozos de la plataforma continental Wilkins se han desgajado dando lugar a varios icebergs. La superficie total de los fragmentos alcanza los 700 kilómetros cuadrados, casi el tamaño de la ciudad de Nueva York. Así lo ha afirmado Angelika Humbert, una experta en glaciares de la Universidad de Münster que lleva años estudiando las placas de hielo de la Antártida. Y ha advertido que la fragmentación es una consecuencia de la debilidad del bloque, y ésta del cambio climático.
De los 700 kilómetros cuadrados, 370 se han apartado directamente de la plataforma en los últimos días. Los otros 330 kilómetros cuadrados provienen del desmoronamiento del puente de hielo que la unía con la isla Charcot y con la Península Antártica. Pero el deshielo continúa: según las estimaciones de Humbert las pérdidas de la plataforma Wilkins pueden llegar hasta los 3.700 kilómetros cuadrados tras la ruptura del puente, que tenía una función estabilizadora.
De hecho, este bloque de hielo se ha reducido a casi la mitad de sus 16.000 kilómetros cuadrados originales. Y el espesor es tan pequeño que tardará varios siglos en recuperarse.
Todo esto se debe a que las temperaturas en la península antártica han aumentado 3ºC este siglo. La comunidad científica coincide en afirmar que la culpa del cambio climático la tienen, principalmente, los gases procedentes de los combustibles fósiles utilizados por coches y fábricas.
La disminución del tamaño de las plataformas no incrementa significativamente los niveles del mar. Sin embargo, la gran preocupación es que los trozos de hielo de la plataforma que están sobre tierra se deshagan más rápido y entonces sí que aumenten los niveles de agua.
El Mundo

El pasado es una de las claves del futuro

April 15, 2009 by Revista Opción  
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img_paleoecologia2-smallGeneralitat de Catalunya

Desde la perspectiva de la paleoclimatología -estudio del clima de períodos geológicos e históricos anteriores a la invención de los aparatos de medición meteorológicos- el autor describe los principales aspectos de la evolución del clima que ha tenido lugar durante los últimos 500.000 años. Nos muestra cómo ha ido cambiando el clima sin la intervención humana y aporta también un enfoque histórico a los cambios recientes que sí están relacionados con la actividad humana.
¿Quién no se ha hecho, ha leído u oído a alguien plantear preguntas como éstas?:«¿ Son normales estos cambios de tiempo: los fuertes vientos de levante, granizadas, sequías…? ¿Realmente está cambiando el clima de tal modo que ya no volveremos a ver el tiempo de nuestra infancia: aquellas nevadas copiosas o los veranos balsámicos…? A partir de ahora, agarrémonos fuerte; no se sabe lo que puede pasar. Y si es así, ¿por qué cambia el clima y quién tiene la culpa? ¿Es el incremento de los gases de efecto invernadero? Y los americanos con la gasolina tan barata y unos coches tan grandes… ¡eso sí que es derrochar! O el vecino que va cada día a trabajar en coche y contamina más que yo… ¡qué cara! ¿Quién pondrá solución a todo eso? Los políticos nunca hacen nada, y los científicos no hacen más que pedir dinero para no entender nada… y Kioto… ¡menudo show! Los que van a este tipo de cosas sólo dan vueltas por el mundo haciendo reuniones y, en el fondo, ¡nadie hace nada! Eso del clima es muy complicado.» Parece que todo el mundo está de acuerdo con esta última afirmación.
Todas estas preguntas tienen difícil respuesta. La razón es que sabemos muy poco acerca de por qué cambia el clima. Aunque lo que ocurre fundamentalmente es que no entendemos por qué tenemos el clima que tenemos hoy en día en cualquier parte del mundo. Para ser precisos, me refiero a saber por qué, por ejemplo, las temperaturas medias de Barcelona, o del planeta, no son 2,5 o 10 grados más altas o más bajas, tal y como ha sucedido en diversos períodos del pasado reciente de la Tierra. O por qué Groenlandia y la Antártida están casi completamente cubiertas de hielo de una forma, al parecer, permanente, cuando no siempre ha sido así. O por qué el Sáhara es actualmente un desierto y no lo era hace más de 6.000 años. O por qué cada pocos años tiene lugar el fenómeno de «El Niño», en el cual las temperaturas del mar cerca de Perú aumentan y tienen consecuencias que repercuten en todo el mundo. O por qué respiramos un aire con una cantidad determinada de gases de efecto invernadero y no la mitad o el doble de concentración como ocurría hace miles o millones de años. Es decir, desde que la Tierra se formó, descubrit qué es lo que ha llevado el planeta a ser como es ahora y, particularmente, a tener el clima actual. Y si el clima ha cambiado sin haber habido humanos por medio, ¿por qué no puede continuar haciéndolo? De hecho, seguro que cambiará el clima, pero lo que no se entiende del todo es por qué y cuándo cambiará exactamente.
Obtener respuestas a estas y otras preguntas parecidas es necesario, pero no sólo para satisfacer la curiosidad de los académicos. Hay que responderlas para dirigir las preguntas que se planteaban al principio del artículo, y para poder sopesar la influencia de nuestras actividades sobre el clima. Si no sabemos de dónde venimos, ¿podemos saber dónde estamos o adónde vamos? Muchos científicos creen que no, y por eso se invierten dinero y esfuerzos para estudiar el paleoclima (definido en el Gran Diccionario de Lengua Catalana como «el clima de períodos geológicos e históricos anteriores a la invención de los aparatos destinados a las medidas meteorológicas») y adivinar cómo ha cambiado y por qué lo ha hecho de forma natural. En este artículo se exponen brevemente algunos aspectos de la evolución del clima durante casi los últimos 500.000 años y un poco más allá, sobre todo en lo que se refiere a cambios de temperatura y a uno de los gases principales del efecto invernadero, el dióxido de carbono. Mi intención es mostrar cómo cambia el clima sin que intervengan los humanos y ofrecer una perspectiva histórica sobre los cambios que han ocurrido recientemente y que, por tanto, están potencialmente relacionados con las actividades humanas.
En palabras de Winston Churchill:
The further backward you can look, the further forward you are likely to see. «Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante es probable que veas».
Cómo se estudia el paleoclima
En primer lugar debemos preguntarnos qué es el clima. Sencillamente, es el promedio del tiempo meteorológico en un lugar determinado del planeta. O, dicho de otro modo, el tiempo que esperamos que haga durante un mes, año, década, siglo, etc. Por ejemplo, las variaciones de temperatura, presión atmosférica, humedad, viento, precipitaciones y otras variables meteorológicas durante los últimos 50 años en Cataluña vendrían a definir el clima del país. Los cambios en los valores de estas variables ayer o la semana pasada no representan cambios en el clima sino la variabilidad atmosférica o del tiempo meteorológico. Asimismo, hay que distinguir entre lo que es una variable que caracteriza el clima, como la temperatura, y un factor de cambio del clima (forcing en inglés), como la composición de la atmósfera en cuanto a gases de efecto invernadero. Los cambios en la temperatura nos darán indicios de que el clima puede estar cambiando, mientras que los cambios del dióxido de carbono no necesariamente indican que el clima tenga que cambiar. En primer lugar, debemos establecer relaciones de causa-efecto. Una forma de hacerlo es mirar la relación a través del tiempo de variables que caractericen el clima directamente (p. ej. la temperatura) o indirectamente (p. ej. la presencia de hielo en el continente depende en parte de la temperatura, pero también de variables como la precipitación), con factores de cambio como la composición de la atmósfera. Como hasta hace pocos años no se han empezado a tomar este tipo de medidas, las series temporales disponibles son demasiado cortas para mostrar la variabilidad real del clima, especialmente a escala planetaria. Estudiando cómo era el clima años atrás, hace miles o decenas de millones de años, podemos extender estas series temporal y espacialmente, y también podemos intentar buscar épocas análogas a la actual y ver cómo las variables del sistema climático van evolucionando mientras diversos factores de cambio varían. Por ejemplo, hace 400.000 años, durante lo que se conoce como estadio isotópico (11), se cree que las condiciones del sistema climático eran bastante parecidas a las del período actual. Alternativamente, se puede intentar identificar un período del pasado en el que los valores de dióxido de carbono fueran tanto o más elevados que los actuales para ver cuáles son los valores de las variables climáticas en un mundo con un fuerte efecto invernadero (los llamados greenhouse worlds en inglés). Se cree que estas condiciones se han dado varias veces durante el Fanerozoico (los últimos 550 millones de años), la última de las cuales tuvo lugar probablemente durante la transición entre los períodos geológicos del Paleoceno y el Eoceno, hace unos 57 millones de años…
Ahora bien, eso es más bien un dicho que un hecho, ya que es muy difícil reconstruir los climas del pasado y, especialmente, de forma cuantitativa. Está bien saber que en el último período glaciar hacía más frío que ahora (su máximo tuvo lugar hace entre 18.000 y 24.000 años), pero es más útil averiguar en qué medida era mayor el frío en las diferentes zonas del planeta, ya que no todas ellas responden del mismo modo a los factores de cambio. Por ejemplo, una erupción volcánica en la zona ecuatorial puede contribuir al enfriamiento de los dos hemisferios de la Tierra por el efecto de los aerosoles que se forman y se dispersan por todas partes y reflejan la luz del Sol. Sin embargo, si la erupción tiene lugar en Islandia, en gran medida sólo afectará al hemisferio norte, puesto que, debido a la circulación atmosférica, los aerosoles volcánicos no llegarán al hemisferio sur. La reconstrucción paleoclimática cuantitativa es, de hecho, un campo de investigación muy reciente, que desde los años setenta se ha ido desarrollando rápidamente. Como los aparatos de medición de temperatura, humedad, etc., hace relativamente muy poco tiempo que se han inventado y utilizado, ha sido necesario dar con métodos indirectos (datos proxy) para estimar estas variables en tiempos pasados. Lo que hay que hacer en primer lugar es encontrar un registro temporal del que se pueda extraer algún tipo de información climática, como los sedimentos marinos o lacustres, que se han depositado de una forma constante durante miles o millones de años, aunque también se estudian los anillos de crecimiento de los árboles, corales o hielos de los glaciares y de los casquetes polares, entre otros materiales o depósitos, unos más exóticos que otros. Para mí, la palma de la imaginación se la lleva un estudio de medición de isótopos del cloro en restos de orina fósil encontrados en madrigueras de ratas del desierto de Nevada, Estados Unidos, para reconstruir los cambios que se dieron en los rayos cósmicos, lo cual sirve para datar archivos sedimentarios (Plummer et al., 1997).
Cabe decir que cuanto más queremos retroceder en el tiempo, más difícil resulta el estudio, ya que es más complicado encontrar registros continuos válidos a partir de los cuales podamos interpretar sus propiedades de una forma más precisa, por ejemplo debido al dinamismo de la Tierra, que destruye los registros paleoclimáticos eventualmente mientras se crean otros nuevos. De esta forma, aunque haga decenas de millones de años que la Antártida está cubierta de hielo, la edad máxima de dicho hielo no sobrepasa el medio millón de años debido al dinamismo glaciar, que hace que el casquete polar esté en constante movimiento y que acabe vertiéndose al océano. Los sedimentos marinos también son eventualmente «destruidos» o transformados en las zonas de subducción en los márgenes continentales. Muchos lagos de grandes dimensiones son también de formación «reciente», como por ejemplo el lago Baikal de Siberia, la edad de cuyos sedimentos es probable que no sobrepase los 25.000.000 de años. Además, cuanto más antiguas son las muestras que se estudian, más difícil resulta datarlas con precisión. El método más extendido y más preciso, la datación por carbono 14, sólo es aplicable para datar muestras que contengan carbono, evidentemente, aunque su antigüedad no puede superar los 55.000-60.000 años. Para datar materiales más antiguos existen diversas técnicas, pero o no miden edades absolutas o su error hace que no se puedan resolver cambios climáticos de menos de unos cuantos miles de años. En comparación, el error del método del carbono 14 se sitúa alrededor de unas decenas de años.
Los métodos de paleorreconstrucción también tienen limitaciones intrínsecas. Por ejemplo, un modo de reconstruir las temperaturas del aire consiste en asociar la distribución actual de plantas y su polen a los regímenes climáticos y los márgenes de temperatura dominantes de la Tierra. Si se analiza el polen en una muestra antigua, entonces se intenta relacionar su composición con una distribución parecida que exista actualmente en alguna zona del planeta y, a partir de ello, se deducen los valores de temperatura más probables en que vivieron las plantas que produjeron ese polen fósil. No obstante, si se retrocede mucho más en el tiempo, se llega a un punto en que no existía ninguna de las plantas que se encuentran hoy en el planeta. A menudo, los proxy climáticos responden a más de una variable ambiental. Una de las más utilizadas es la medida de la relación existente entre la cantidad de isótopos de oxígeno (expresada como d18O) en los esqueletos de carbonato de organismos marinos. Esta medida supone principalmente dos señales climáticas combinadas. Una es una señal local, que es la temperatura del mar en la que vivían los organismos analizados. La otra es una señal global, que es el volumen de hielo continental y, por tanto, el nivel del mar. Así que en la interpretación de los datos se deben resolver ambos efectos de alguna forma. Este hecho pone en relieve que las reconstrucciones son aproximadas, con unos márgenes de error a veces desconocidos. Por ejemplo, resulta difícil entender cómo pueden afectar las relaciones ecológicas a la distribución del polen en un lugar, o cómo se ha trasladado dicho polen desde la planta que lo ha producido hasta el lugar donde se ha depositado, como podría ser el fondo del océano. Por eso, es muy importante que en los estudios paleoclimáticos se emplee más de un método de paleorreconstrucción para confirmar los resultados de una y otra técnica. Por último, debemos darnos cuenta de que, en su mayoría, las variables climáticas que se reconstruyen son sólo de alcance local. Los cambios en la temperatura de Harare, Tarragona o Nueva York serán normalmente bastante diferentes debido a la localización de estas ciudades en el planeta. Esto sinifica que debemos estudiar muchos registros de todo el mundo para forjarnos una imagen precisa de los cambios mundiales del clima. Por otro lado, los cambios en el dióxido de carbono o en el nivel del mar sí que tienen lugar simultáneamente, a efectos prácticos, a escala mundial, ya que los gases de la atmósfera se mezclan relativamente rápido y los mares y océanos, obviamente, están en su mayor parte interconectados.
La estabilidad de los últimos 1.000 años y el calentamiento del siglo XX
En los últimos años ha habido un gran avance en nuestra comprensión de la evolución «global» de los cambios de temperatura del aire durante los últimos 10 siglos. Uno de los estudios de referencia es el de Mann y otros (1999), que recogemos en el gráfico 1, obtenido gracias a la combinación de datos de temperaturas derivadas del estudio de los anillos de los árboles, testigos de hielo, corales y documentos históricos, además de termómetros de los últimos 140 años (véanse otros en http://www.ngdc.noaa.gov/paleo/recons.html). Parece bastante evidente que las temperaturas del siglo XX en el hemisferio norte han sido las más elevadas de los últimos 1.000 años, lo que hace que la década de los noventa sea la más cálida de todas, y que 1998 sea el año más cálido del milenio. Es más, la magnitud de calentamiento del siglo XX es única durante este período (0,6 ± 0,2°C), especialmente durante los períodos comprendidos entre 1919 y 1945 y entre 1976 y 2000, en los cuales las temperaturas se incrementaron a un ritmo jamás experimentado como mínimo desde el siglo XI al XIX. Los datos sobre el hemisferio sur anteriores a 1861 (desde que existen mediciones instrumentales) son muy escasos y, por tanto, no se sabe con certeza cómo evolucionaron las temperaturas desde el año 1000 en la mitad sur del mundo. El registro del gráfico 1 se ha vuelto emblemático y así lo menciona ampliamente el Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) en su último informe de 2001 (IPCC, 2001).
¿A qué se debe este calentamiento? No está del todo claro, pero parece probable que no se deba a un solo factor, tanto natural como antropogénico. Los cambios en el clima se pueden dar por la variabilidad interna del sistema climático y por factores externos. La influencia de los factores externos se puede comparar utilizando el concepto de radiative forcing (energía radiante de un factor de cambio). Éste será positivo si provoca un calentamiento de la superficie de la Tierra, o negativo si provoca un enfriamiento. Los cambios en el incremento de la concentración de los gases de efecto invernadero, de la energía del Sol, el vulcanismo y la concentración de aerosoles atmosféricos afectan a la energía radiante, ya sea positiva o negativamente. Por ejemplo, la concentración de gases de efecto invernadero (véase la de dióxido de carbono en el gráfico 2) en la atmósfera de los últimos 1.000 años se ha incrementado en los últimos 200 años de forma similar a la de la temperatura del hemisferio norte (gráfico 1). Este incremento refleja el uso progresivo de combustibles fósiles en nuestra sociedad. Los gases de efecto invernadero tienen un efecto positivo en el incremento de la energía radiante. Por lo tanto, en los últimos 200 años podría haber aumentado de forma progresiva la capacidad de la atmósfera para absorber la energía del Sol, que puede haber llevado al calentamiento gradual de la superficie del planeta.
Sin embargo, cabe decir que hay muchos otros factores de cambio que también han variado durante este mismo período. Por ejemplo, la concentración de aerosoles en la atmósfera se ha incrementado de forma análoga a la temperatura, debido al uso progresivo de combustibles fósiles y combustión de biomasa (p. ej. bosques o basuras) (IPCC, 2001). Su efecto sobre el clima consiste, sin embargo, en enfriar la superficie -a pesar de estar mucho más extendidos que los gases de efecto invernadero- y, por lo tanto, es difícil juzgar su peso relativo en el cambio climático. Como es ahora cuando empezamos a entender la influencia relativa de la energía radiante de los diversos factores, resulta difícil demostrar de forma concluyente que el calentamiento del siglo XX se debe sólo al incremento del dióxido de carbono y gases similares. Por ejemplo, con modelos matemáticos que simulen las variaciones de la Tierra, y comparando los resultados con cambios que se han medido, se pueden empezar a entrever las causas de los cambios principales. En el informe del IPCC de 2001 se hace especial mención de un estudio en el que se simuló matemáticamente la variabilidad de las temperaturas durante los últimos 140 años, teniendo en cuenta sólo factores de cambio naturales (variabilidad solar y vulcanismo), sólo factores antropogénicos (gases de efecto invernadero y una estimación de aerosoles), o ambos a la vez (Crowley, 2000). Mi conclusión, según como, no sorprende demasiado: la inclusión de factores antropogénicos en el modelo puede explicar gran parte de los cambios de temperatura de los últimos 140 años, pero la correlación entre los resultados del modelo y las temperaturas reales es todavía mejor si se tienen en cuenta tanto factores naturales como antropogénicos. Es más, se concluye que, aunque los factores de cambio considerados pueden explicar la mayor parte de los cambios, no se excluye la posibilidad de que otros también hayan contribuido al calentamiento del siglo XX. De modo que el debate continúa, sobre todo para aclarar el peso relativo de diferentes factores de cambio y los mecanismos por los cuales actúan sobre el sistema. Por ejemplo, ¿en qué proporción se incrementará exactamente la temperatura cuando se duplique el contenido atmosférico de dióxido de carbono?, o ¿cómo responderán los ecosistemas a los cambios en el clima y la composición de la atmósfera?
La inestabilidad de los últimos 400.000 años
Independientemente del cambio natural, el IPCC prevé que las temperaturas medias mundiales se incrementarán entre 1,4 y 5,8 ºC de 1990 a 2100. Si es así, el ritmo al que se prevé que las temperaturas aumenten no habrá tenido parangón durante los últimos 10.000 años. Ésta es una época geológica que denominamos Holoceno y en la cual los humanos estamos teniendo nuestra edad de oro. En términos climáticos, sin embargo, este período de tiempo es bastante inusual, ya que ha sido -y continúa siendo- muy estable y largo. Algunos han señalado que esta estabilidad climática es relativa y que se han producido cambios significativos, de modo que las distintas civilizaciones humanas han podido florecer o se han ido a pique, dependiendo de si las condiciones ambientales han sido -o no- propicias (deMenocal, 2001). La norma en el sistema climático es el cambio, es decir, la inestabilidad. Los cambios de las temperaturas locales o mundiales de 2 o más grados de temperatura, en escalas de tiempo lentas (por encima de los mil años) o muy rápidas (dentro de lo que es la vida media de una persona o de un par de generaciones) han sido muy frecuentes hasta el momento, y no hay nada que haga pensar que en el futuro las cosas van a ser diferentes. Mediante el estudio de los registros fósiles, en cualquier escala de tiempo, se pone de manifiesto que el clima de la Tierra no tiene nada de estable. Esta afirmación se habría debatido profundamente hace unas décadas.
Hasta la década de los noventa, se puede afirmar que el consenso general entre científicos fue que la Tierra oscila entre épocas relativamente frías (glaciaciones) y otras más cálidas ………

CONTINUARA……….

Soberanía Alimentaria

December 17, 2008 by Revista Opción  
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Ana Carbajosa / Los cereales, la leche, el arroz o el azúcar sufren la peor inflación de las últimas tres décadas, que ha metido a otros 100 millones de personas en el cajón de la ayuda humanitaria. ¿Qué se esconde tras esta subida del precio de los alimentos y cómo puede solventarse?
“Los biocombustibles tienen la culpa”
No sólo. Han pasado de ser lo mejor, la panacea, a ser lo peor en cuestión de meses. Los combustibles biológicos, considerados la gran alternativa al petróleo o al carbón, han demostrado ser un peligro para la seguridad alimentaria mundial cuando van acompañados de políticas agrícolas tan nefastas como las de EE UU o la Unión Europea. Ambos bloques se han propuesto reducir la dependencia energética de países que consideran poco fiables a la vez que combaten el cambio climático. Estos objetivos van de la mano de políticas de subsidios que han animado a los agricultores a pasarse al cultivo de maíz o remolacha para producir, por ejemplo, etanol en detrimento de la producción de alimentos para el consumo. El resultado ha sido una importante disminución de la oferta de granos y otros alimentos en los mercados internacionales, que en buena parte ha influido en la subida de los precios. Los biocombustibles se han convertido en la bestia negra, hasta el punto que Jean Ziegler, ex relator de la ONU para el Derecho a la Alimentación, los ha tachado de “crimen contra la humanidad”. Hace tiempo que las ONG advierten del daño de su uso masivo. Oxfam sostiene que los cultivos que acabarán en los depósitos de los coches copan tierras que podrían albergar vegetales para consumo humano. Y en los casos en los que no se produce este desplazamiento, se talan bosques que cumplen una importante función en la lucha contra el cambio climático al absorber CO2. La comunidad científica incluso duda de su eficacia en la reducción de gases de efecto invernadero.
EE UU (que dedicará a la producción de etanol el 30% del maíz que cultive en los próximos dos años) no ha dado señales de estar dispuesto a cambiar su política energética en este campo. Para 2020, la UE, que pretende obtener de fuentes biológicas el 10% del combustible que utilice en el transporte por carretera, ha dejado claro que no piensa dar su brazo a torcer. Sólo el Gobierno británico se ha mostrado dispuesto a revisar el objetivo europeo ante el escepticismo de la comunidad científica y humanitaria. Y para completar el coro de críticas, la izquierda latinoamericana ha alzado la voz contra los biocombustibles por considerar que esta crisis “evidencia el fracaso del sistema capitalista” y estos carburantes son su brazo armado, en palabras del presidente venezolano Hugo Chávez. Los biocombustibles son una buena opción si tenemos en cuenta el poder contaminante del petróleo, las guerras que provoca y el creciente número de chinos e indios que pronto serán lo suficientemente ricos como para comprar un coche y llenar el depósito. Es una cuestión de proporciones y de las decisiones políticas que han acompañado su fomento, así como de la falta de planificación agrícola adecuada que compense el uso de tierras para cultivos energéticos.
“Los precios suben a causa de China e India”
En buena parte. Chinos e indios suman 2.400 millones; una legión de bocas cuyas preferencias mantienen en vilo a los mercados mundiales. La nueva voracidad asiática ha generado una demanda de alimentos en los mercados internacionales, incapaces de adecuarse a la situación. Según los dictados de Adam Smith, el aumento de la demanda ante una reducida oferta ha provocado la espectacular subida de los precios que, en la era de la globalización, trasciende fronteras y continentes. Los nuevos ricos se han lanzado a consumir leche y carne, dos productos hasta hace poco casi ausentes de la dieta china y poco presentes –en el caso de la carne– en India. Esto ha afectado también, y en gran medida, al precio de los cereales, al retirar ingentes cantidades de grano del mercado para dar de comer al ganado. La opción cárnica plantea otros problemas, como el consumo de agua, cuyas consecuencias en un futuro no tan lejano prometen ser devastadoras. Las cifras no dejan lugar a dudas: se necesita un volumen de agua 10 veces mayor para obtener un kilo de carne que para producir un kilo de trigo.
La revolución del paladar va para largo. En la última década, los chinos han triplicado su consumo de leche, según datos de la FAO. De los 9,7 litros de leche por persona y año de 1997, han pasado a 32; una cantidad ridícula frente a los casi 200 de los países industrializados, lo que da una idea del potencial de crecimiento del consumo chino de lácteos en los próximos años. En el caso de la carne, en una década, han pasado de consumir 45,6 kilos en 1997 por persona y año a 55,5. El modelo de vida occidental, que se cuela en las casas a través de la televisión, la publicidad y las grandes cadenas de supermercados, está de moda. Tomar leche con cereales por la mañana y añadir carne al cuenco de arroz forma parte del modelo a seguir. En India, la tendencia a consumir más leche y más carne es evidente y también reflejo de una mayor riqueza y una cierta emulación del modo de vida occidental. Sin embargo, la cultura vegetariana pone coto a un crecimiento exorbitante del consumo de carne.
“Los países pobres sufrirán más”
Como siempre. La crisis se ensaña con los que menos tienen. Al igual que en otros fenómenos globales, como el cambio climático, los más vulnerables serán los más perjudicados porque tienen menos recursos –individuales y estatales– para adaptarse a la nueva realidad. La lógica indica que aunque afectará a los consumidores del mundo entero, los países exportadores de productos agrícolas en principio deberían beneficiarse de la tragedia ajena gracias a las ventas a un precio elevado. El mapamundi de ganadores y perdedores indica que son precisamente los países más pobres, africanos y en menor medida algunos asiáticos, los que tradicionalmente exportan menos alimentos y, por tanto, a los que la crisis golpeará con más fuerza.
Los pocos países en desarrollo exportadores –como Egipto con el arroz– no han sido capaces de aprovechar la coyuntura, ya que sus gobiernos han prohibido los envíos al extranjero para asegurar el suministro a sus ciudadanos. Brasil o Argentina, en teoría ganadores, han visto cómo los beneficios de vender caro acaban quedándose en casi nada, debido a la subida del precio del petróleo. Con el barril de crudo por encima de los 100 dólares y el precio de los fertilizantes nitrogenados por las nubes, producir alimentos cuesta mucho más, y hace falta vender mucho más caro para que compense. Cierto es que el oro negro es tan costoso para el agricultor estadounidense como para el argentino, pero Washington se encarga de proteger y subsidiar al primero para que no salga mal parado.
Por eso, en general será la población más desprotegida la que sentirá la crisis con más fuerza. Las familias pobres dedican hasta un 70% de sus ingresos a la alimentación. Cuando los precios se duplican o incluso triplican, como ha sucedido con algunos productos, simplemente comerán la mitad que antes. Muchos de los más pobres, los que viven con menos de dos dólares al día, pasarán de un plumazo al cajón de hambrientos. Tan grave es la situación que el Programa Mundial de Alimentos de la ONU (PMA) calcula que da de comer ahora a 100 millones de personas más que hace seis meses. Pero el problema se multiplica porque las propias agencias humanitarias se han convertido en víctimas de la inflación alimentaria. También a ellas les alcanza para comprar mucho menos con el mismo dinero. Con un presupuesto igual que hace un año, el PMA puede comprar hoy un 40% menos de comida.
Además, las clases medias de los países en desarrollo –que no comen de la ayuda humanitaria– se han visto obligadas a limitar su dieta, lo que acarreará importantes problemas nutricionales. Otro obstáculo añadido es que los pequeños productores han tenido que vender lo poco que tienen, incluidas las herramientas y sus medios de producción, hipotecando su futuro próximo; señales de que la crisis dejará profundas heridas diseminadas por todo el planeta.
“Habrá más levantamientos y guerras”
Casi seguro. Las revueltas de los desposeídos se han propagado por todo el globo. En América, Asia y África, los manifestantes exigen a sus gobiernos soluciones locales para una crisis planetaria. En Haití, por ejemplo, las masas han tomado las calles y protagonizado enfrentamientos con la policía. La caída del Gobierno y cinco muertos dan fe de la desesperación de una de las poblaciones más pobres del mundo. El Gobierno egipcio ha sacado a cientos de policías de las comisarías para frenar las protestas de los ciudadanos en un país donde el 40% de la gente vive con menos de dos dólares al día. En Camerún, un país fuertemente dependiente de las importaciones, los muertos se cuentan por decenas. Y en Mozambique, una marabunta enfurecida ha saqueado comercios y destrozado coches a su paso. Este panorama desolador es sólo el comienzo, vaticinan políticos y expertos en seguridad alimentaria. “Revueltas sociales de dimensiones nunca vistas”, ha llegado a pronosticar el secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, quien prevé para el futuro próximo “una cascada de múltiples crisis”, que pueden afectar “a la estabilidad política en el mundo entero”.
Los levantamientos sociales se llevarán por delante gobiernos y propiciarán cambios drásticos en las políticas económicas de algunos de los países afectados. Los líderes mundiales son conscientes de que asistimos a una crisis global de consecuencias tan inciertas como temidas, y este año la reunión del G-8 (los siete países más industrializados y Rusia) incluirá este asunto en la agenda. Será la primera vez en 30 años. Mientras, el FMI también se ha hecho eco de la evolución de la crisis, y ha advertido del riesgo de que se convierta “en una fuerza desestabilizadora de la economía”.
Los que no tengan dinero para comprar comida comerán menos y contribuirán a reducir la demanda mundial, y tal vez los precios comiencen a bajar un poco. Pero los organismos internacionales ya han anunciado que no volverán a los niveles de antes de la crisis. Por otro lado, fenómenos meteorológicos como la sequía, que ha rebajado a la mitad la cosecha de trigo en Australia, uno de los grandes graneros del planeta, amenazan con repetirse cada vez con más frecuencia, según advierten los expertos en cambio climático. El panorama no augura tiempos de paz social y estabilidad política en el futuro próximo.

CONTINUARA….