Aumenta pobreza extrema durante gobierno de Calderón
July 21, 2009 by Revista Opción
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La Secretaría de Desarrollo Social reconoció que durante los dos primeros años del gobierno de Felipe Calderón se sumaron a la pobreza extrema cerca de 6 millones de mexicanos que no tienen acceso ni a una canasta alimenticia básica para sobrevivir.
Y advirtió que aunque la Coneval no estudio el 2009, en este año la clase media será la más afectada a causa de la recesión económica, que se reflejó en la perdida de empleo.
En términos generales, en México hay alrededor de 50 millones de mexicano con algún grado de pobreza, ya sea alimentaria, de capacidades (que abarca estudio y vestido) y patrimonial (pago de una vivienda y transporte).
“El análisis del Coneval claramente indica que en el año 2006 habían 13 millones de mexicanos que no podían comprar esa canasta básica y ahora hay 18 millones de mexicanos que no pueden comprar esta canasta básica, lo cual se explica por sí sólo”, señaló Ernesto Cordero Arroyo, titular de la Sedesol.
“Las crisis económicas lamentablemente a quienes más afecta es a la población más pobre…. Donde seguramente en el 2009 ya empezaron afectarse las clases medias”
Aseguró que aunque rebasados, los programas sociales si sirven, “pero asumiendo que hay programas que están siendo rebasados, eso no quiere decir que que no sirven, simplemente quiere decir que los programas sociales dependen más allá de una política social, dependen de precios, de situaciones de ingreso, …sino de una coyuntura económica”.
“La salida definitiva de la pobreza depende de la generación de empleo no de la política social exclusivamente, la política social está para dotar de oportunidades a los mexicanos más pobres para poder aprovechar oportunidades de empleo”, puntualizó.
Milenio
La fractura de Irán
June 21, 2009 by Revista Opción
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Las siluetas de las cuatro chicas sobre la terraza parecen sombras de teatro chino. Son muy jóvenes. Pero cualquier atisbo de fragilidad desaparece cuando a eso de las nueve y media de la noche entonan a coro el Allah-u akbar y el Morg dar diktator (Dios es el más grande y Muerte al dictador), como hace 30 años hicieran sus padres para librarse de la tiranía del sha. Enseguida, desde un edificio cercano, una potente voz masculina secundada por las más aflautadas de dos o tres chavales, tal vez un padre y sus hijos, responden repitiendo las consignas. Como si se hubieran puesto de acuerdo en el guión, otros vecinos se van sumando. Por las ventanas de las escaleras iluminadas se aprecian sus siluetas subiendo apresuradas hacia las azoteas. A las diez, no falla, alguien une un trombón a la protesta.
En la oscuridad de Teherán no reconozco a ninguno de esos improvisados cantantes. Sin embargo, los he visto pocos días antes en las caravanas electorales donde el activismo político se unía a las ganas de diversión. Sólo que ya no es un juego. Al cerrarse las urnas el día 12, se terminó el espejismo de libertad en Irán y lo que está en juego, sobre todo para los más jóvenes, es su futuro. Las cintas y los pañuelos verdes que constituían el símbolo del candidato que apoyaron les delatan ahora como “amotinados”. De tales les ha calificado un comunicado oficial.
Durante dos semanas, mis vecinos, gente de clase media como la que se encuentra en cualquier ciudad europea, se entusiasmaron con el descafeinado juego democrático que permite la República Islámica. Se movilizaron como nunca para hacer realidad a través de las urnas sus deseos de una sociedad más abierta, más tolerante y que les ofrezca más oportunidades. Contra todo pronóstico, Mir Hosein Musaví, el aspirante en el que habían puesto sus esperanzas, no sólo perdió, sino que quedó humillado por el aplastante triunfo del presidente en ejercicio, Mahmud Ahmadineyad. El 62,63% frente a apenas un 33,75%.
“Las elecciones siempre han suscitado dudas, pero en esta ocasión el fraude y las mentiras rebasan todos los límites. Sentimos que el Gobierno nos ha insultado y humillado. El voto es algo muy personal y el Gobierno lo ha violado. Por eso comparto la sensación de que han dado un golpe de Estado”, explica Mehdi en su domicilio cercano a la plaza de Haft-e Tir.
Este músico de 29 años tiene poca pinta de amotinado. A no ser que considere delito la raya verde en el cuello y las mangas de su polo negro. Aún no había nacido cuando se produjo la revolución islámica que cambió su país para siempre. Durante los años de plomo de la guerra con Irak era un niño. Así que creció sin todo el bagaje que arrastran los más mayores y creyendo las promesas de libertad de sus líderes. Como muchos otros de su generación, votó al reformista Mohamed Jatamí e incluso se movilizó en la segunda vuelta de las elecciones de 2005, tras haberse abstenido en la primera por falta de ilusión.
Desde que se anunciaran los resultados electorales, Mehdi ha estado en todas las manifestaciones. Se llevó dos buenos golpes de porra durante la primera protesta espontánea, frente al Ministerio del Interior, el sábado 13, y no esconde que tuvo miedo. Hasta el lunes. “Cuando ese día fui a la plaza de Enghelab y vi la multitud, sentí que no estaba solo y me tranquilicé. Ahora siento responsabilidad y me digo a mí mismo que mi vida no es más valiosa que la de los demás”.
El resto de sus amigos opina como él. Y no son niños ricos del norte de Teherán, como pretenden los partidarios de Ahmadineyad. Mehdi comparte un modesto apartamento de una habitación con su madre y un hermano en el centro de la capital. Es una zona de clase media trabajadora, sin ninguna pretensión. Concede que el resultado electoral ha actuado de catalizador para las protestas, pero esa marea humana que sale a la calle cada día desde que se dio a conocer tiene también una larga lista de agravios.
“Es la insatisfacción de cuatro años; la presión económica, cultural y social que hemos sufrido”, resume el joven músico. Como decenas de otros entrevistados por este diario durante las últimas semanas, Mehdi menciona la inflación, la policía moral, la falta de espacio para respirar y pensar de forma independiente. “El precio de la vivienda se ha disparado desde que Ahmadineyad llegó al Gobierno; la carne se ha convertido en un artículo de lujo y han aumentado los obstáculos para las actividades culturales”. Pero más allá de hechos concretos, muchos iraníes han sentido que les faltaban al respeto.
“A la gente le hierve la sangre cuando el ministro de Cultura, que es un militar sin ningún conocimiento de la materia, llama a los músicos motreb [un término en persa que hace referencia a unos instrumentistas a los que en el siglo XIX se dejaba ciegos para que pudieran tocar en los salones femeninos]“, señala. Cita también la imagen que Ahmadineyad ha dado de Irán en el exterior, vivida como una humillación dentro del país.
A estas alturas, con manifestaciones diarias de cientos de miles de personas en Teherán y protestas en las principales ciudades de Irán (que los periodistas no podemos calibrar porque no tenemos libertad para movernos por el país), está claro que el movimiento desencadenado por las sospechas de fraude refleja un malestar mucho más profundo. “Sin duda, ha adquirido una dinámica propia”, señala un analista, que, sin embargo, no se atreve a pronosticar su evolución. “Nadie quiere asumir el liderazgo”, añade, dando a entender que eso va a limitar su alcance.
Los propios manifestantes son conscientes de ello. “Musaví ha sido una herramienta. Sabemos que es parte del régimen y está hecho de la misma pasta que el resto. Somos conscientes de que no puede superar las líneas rojas”, admite Mehdi. Aun así, están dispuestos a darle una oportunidad. “Además de arquitecto, Musaví es un buen pintor y entre los artistas estamos convencidos de que alguien que se pone delante de un lienzo tiene una forma de vivir y de pensar distinta [de los actuales gobernantes]“.
Hasta ahora, en las protestas no se ha oído ninguna consigna contra el régimen islámico. La revolución de 1979 está demasiado fresca en el imaginario colectivo para que nadie quiera oír hablar de otra. Los participantes han concentrado sus esfuerzos en denunciar lo que perciben como fraude y reclamar la anulación de las elecciones. Su objetivo es lograr cambios en el sistema, no cambiar el sistema.
Musaví ha sido desde el principio un líder improbable. Poco carismático, era, además, prácticamente un desconocido para la mayoría de la población. El anuncio de que regresaba a la política activa no suscitó ningún furor. Su buena gestión como primer ministro en los tiempos de la guerra con Irak, que su equipo quiso revivir, no decía nada a los dos tercios de los iraníes nacidos después de la revolución. A finales de mayo, antes de que empezara la campaña electoral, nadie daba un duro por su candidatura. Ahmadineyad iba a ganar y la única duda era si lo lograría a la primera o si los otros tres candidatos reunirían suficientes votos para obligarle a ir a una segunda vuelta.
Sin embargo, para el día de los comicios, decenas de miles de personas coreaban su nombre en los mítines y en las explosiones de júbilo nocturnas, en Teherán y en las capitales de provincias. ¿Qué había pasado? Hay varios factores que explican esa transformación. En primer lugar, la decisión de Jatamí de no presentarse finalmente, a pesar de que lo había anunciado. En un gesto del que no se conocen todos los detalles, el ex presidente reformista se retiró en favor de Musaví y le prestó todo su apoyo y el enorme capital de simpatía que aún arrastra consigo.
Hay muchas especulaciones sobre si Jatamí, cuya posibilidad de volver a ganar era grande, sólo anunció su candidatura para negociar las condiciones en las que Musaví iba a entrar en la batalla electoral. Ni lo sabemos ni quizá lo sepamos nunca. Los iraníes recuerdan que durante la etapa en que éste fue primer ministro (un cargo que se suprimió tras su mandato), sus relaciones con el entonces presidente Alí Jamenei fueron tensas. Hoy, Jamenei es el líder supremo y nadie concibe que se pueda concurrir a las elecciones sin su visto bueno. En cualquier caso, el respaldo de Jatamí al conservador moderado Musaví fue un factor decisivo que, si bien dividió a los reformistas (algunos de cuyos ideólogos respaldaron al clérigo Mehdi Karrubí), permitió sumar apoyos dentro de los sectores conservadores menos ultramontanos. Lo que nos lleva al efecto anti-Ahmadineyad.
Tanto durante la campaña como en la jornada de votaciones quedó en evidencia que más allá de las simpatías que despertara Musaví, para una buena parte del electorado se trataba del hombre que podía frenar a Ahmadineyad. Su promesa de poner coto a los desmanes de los cuatro años anteriores le ganó el respaldo de jóvenes, mujeres, artistas, profesionales y clases medias urbanas en general. Se trataba, como declararon numerosos entrevistados, del “candidato menos malo” de los cuatro en liza.
“Musaví nos hará libres”, declaraba una chica durante una de las verbenas electorales que se organizaron en las calles de Teherán. “Debo confesar que no sé bien quién es, pero parece el único capaz de vencer a Ahmadineyad”, reconocía con la sinceridad de alguien que iba a votar por primera vez.
Pero ese “efecto dominó”, como lo describen algunos iraníes, no hubiera sido posible sin un cierto impulso desde arriba. No hay que restar valor al entusiasmo que surgió entre los iraníes. Pero cualquiera que conozca este país sabe que, sin ser una dictadura estalinista, el aparato de seguridad del régimen tiene la capacidad de ahogar cualquier expresión popular que no cuente con el beneplácito de las alturas. En alguna parte de la cúpula gobernante se había llegado a la conclusión de que el populismo del presidente estaba llevando a la República Islámica al borde del abismo y se alcanzó un consenso para respaldar a Musaví. Lo confirmó él mismo cuando dijo que concurría a las elecciones “porque el país está en peligro”.
Conviene recordar aquí que en el Irán posrevolucionario existen varios centros de poder y un margen de debate dentro del sistema que para sí quisieran muchos de sus vecinos árabes. Esa coyuntura es la que permitió que se formara la marea verde, que decenas de miles de jóvenes pudieran salir a las calles de Teherán y otras ciudades hasta altas horas de la madrugada a corear el nombre de Musaví; y, más llamativo aún, los debates electorales televisados entre los candidatos.
En uno de esos eventos mediáticos se hizo evidente que el pulso político entre Ahmadineyad y Musaví es en realidad una reedición de la lucha por el control de la República Islámica que desde hace años libran el ayatolá Jamenei y uno de los hombres más poderosos de Irán, el también ayatolá Alí Akbar Hachemí Rafsanyani. El primero detenta la máxima autoridad del país, el cargo de líder supremo de la revolución, que no se alcanza por sufragio directo, sino por designación de la Asamblea de Expertos. Rafsanyani preside ese sanedrín de 86 clérigos, elegidos cada ocho años, que supervisa las actividades del líder y, al menos en teoría, podría destituirle.
La rivalidad entre ambos políticos se remonta a los años ochenta, cuando Jamenei presidía Irán y Rafsanyani, su Parlamento. Entonces, uno y otro se criticaban en público con cierta frecuencia. Ninguno de los dos tenía el rango clerical necesario para suceder al fundador de la República Islámica, el ayatolá Jomeini. Cada uno utilizó su posición para tejer una red de influencias entre bambalinas, pero a la muerte de aquél, en 1989, fue Jamenei el que resultó elevado a la más alta instancia del país. Rafsanyani, por su parte, accedió a la presidencia, un cargo visto por muchos observadores como un premio de consolación para sus ambiciones.
De puertas para afuera, los dirigentes iraníes siempre han mantenido las formas y sus diferencias políticas sólo han llegado al gran público como rumores. Sin embargo, en 2005, cuando Rafsanyani volvió a presentarse a las elecciones presidenciales con 71 años, no quedó ninguna duda. Considerado uno de los hombres más ricos de Irán, estaba claro que no buscaba fortuna. Jamenei no desaprovechó la ocasión para lanzarle una carga de profundidad al declarar que “el próximo presidente, así como los miembros de su familia, deben estar libres de toda sombra de corrupción”. Los destacados puestos que ocupaban sus hijos ya despertaban suspicacias. El veterano político perdió las elecciones ante un desconocido Ahmadineyad; un chascarrillo que circula por Teherán asegura que aquél dio al nuevo Gobierno menos de un año de vida.
El presidente no sólo logró completar su mandato, sino que se las arregló, con el respaldo del líder supremo, para consolidar e incluso ampliar de hecho sus poderes. En el camino ha marginado a una parte de la sociedad y a ese grupo de revolucionarios de primera hornada que con el tiempo han aceptado la necesidad de abrir el país, aunque sólo sea para mantener el sistema. Hace apenas dos semanas, ante 40 millones de iraníes que no daban crédito a lo que oían y veían, Ahmadineyad achacó a Musaví estar respaldado por “una mafia” que intentaba impedir su reelección, y acusó de corruptos a Rafsanyani y otros destacados clérigos. Su andanada levantó ampollas.
Era un secreto a voces que Rafsanyani estaba contribuyendo a financiar la costosa campaña electoral de Musaví -estimada entre 21 y 29 millones de euros por un miembro de su equipo-, del mismo modo que Ahmadineyad se beneficiaba para la suya de las estructuras del Estado. Pero, además, en esta ocasión había algo más que octavillas, pósters, banderolas, globos y mensajes de móvil. Desde el color verde elegido como símbolo de la campaña -y que significativamente es el color del islam- hasta la cuidada escenografía de los mítines con la participación, por primera vez en la República Islámica, de la mujer del candidato, todo apuntaba a que un equipo de mercadotecnia electoral trabajaba para conectar con los millones de iraníes que prometieron no volver a votar tras el fiasco del reformismo de Jatamí.
El objetivo de esa apuesta política y personal de Rafsanyani era que el triunfo de Musaví uniera a reformistas y moderados frente a Jamenei. El líder sabía que, en esas circunstancias, Musaví, con quien ya tuvo serias diferencias en sus tiempos de primer ministro (algunas fuentes aseguran que no se hablaban), se sentiría envalentonado para cuestionar su posición en asuntos como la negociación sobre el programa nuclear o las relaciones con Estados Unidos. Sólo así se explica que rompiera las reglas del juego y ensombreciera su papel de árbitro endosando el resultado electoral antes de que lo ratificara el Consejo de Guardianes (el órgano formal de supervisión de los comicios).
Rafsanyani tampoco se ha quedado quieto. Primero, envió una inusual carta abierta al líder pidiéndole que interviniera ante las graves acusaciones lanzadas contra él por Ahmadineyad. Ahora, tras conocer el escrutinio, al parecer busca apoyos entre las grandes figuras del chiismo.
Los siguientes gestos de Jamenei, pidiendo al Consejo que revise seriamente las alegaciones de los derrotados y aclarando que los responsables de los disturbios no son los partidarios de esos candidatos, indican no tanto un paso atrás como un intento de ganar tiempo para encontrar una salida consensuada a la mayor crisis que ha afectado a la República Islámica desde su fundación. No es el único signo. El hecho de que las fuerzas de seguridad estén permitiendo el desafío diario de cientos de miles de personas en la calle o que, a pesar de las restricciones a nuestro trabajo, no se haya expulsado al puñado de periodistas occidentales acreditados en Teherán parecen indicar que al más alto nivel aún se sigue debatiendo qué hacer.
De momento, los intereses del frente apoyado por Rafsanyani coinciden con los de esos iraníes que han desafiado al poder mostrando su descontento en la calle. ¿Qué pasará si la jerarquía llega a una componenda que no satisface sus demandas?
“Igual que nuestra protesta empezó de forma espontánea, su desenlace tampoco es previsible”, asegura Mehdi. “Desde la fundación de la República Islámica, los fundamentalistas han creado tensiones, han militarizado la sociedad y hablan de la desaparición de Israel; si esa corriente se impone, cualquier día nos movilizan para otra guerra”, explica este músico, que, sin embargo, no duda de que si Jamenei se ve en apuros, no tendrá empacho en ordenar que se dispare. “Aún no han intervenido los pasdaran; en cuanto el líder les dé la orden, se ponen cuatro en cada calle y nadie sale de casa”, concluye.
En ese caso, sólo les quedará seguir gritando desde las azoteas.
El País
Protección al menor
February 25, 2009 by Revista Opción
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Sólo basta leer un diario, cualquier día, para que entre sus páginas aparezca un caso de abuso sexual de un menor. Los abusadores inquietan: un profesor de música o de lengua, el entrenador de fútbol de un equipo infantil, un organizador de campamentos o de viajes de egresados, un psicólogo, el pediatra de confianza, un cura, el mismísimo padre o un desconocido con el que el chico se conectó por internet. Los ejemplos abundan en los sectores más humildes, pero cada vez más casos salen a la luz en colegios privados y en familias de clase media y alta. En 2002, Telenoche Investiga puso al aire el testimonio de dos chicos que aseguraban que el sacerdote Julio César Grassi había abusado de ellos mientras los alojaba en su Fundación “Felices los niños”. En 2008, se conoció una denuncia contra el productor televisivo Lucas Montero –hijo del periodista Carlos Montero– por el supuesto abuso de al menos dos nenas de entre 5 y 7 años que asistían al jardín de infantes Blooming Kindergarten, de La Horqueta, San Isidro, al que también concurría su hija. El año pasado, además, el reconocido psicólogo especialista en tratar casos de abuso, Jorge Corsi, pasó de ser un profesional respetado a estar señalado públicamente por corrupción de menores agravada, y pasó seis meses detenido.
Recientemente, Ricardo Piazza, hermano mayor del modisto Roberto Piazza, fue acusado de abusar de su propio hijo durante diez años y también quedó detenido. Hay ejemplos que ocurren lejos pero que, de tan escalofriantes y perversos, generan repercusión mundial. Como la historia de Natascha Kampusch, la joven austríaca secuestrada en 1998, cuando tenía 10 años, y abusada por su captor hasta que pudo escapar en 2006 y él se suicidó. O el de Josef Fritzl, más conocido como el “Monstruo de Amstetten”, un hombre que encerró a su propia hija en un calabozo subterráneo de su casa, la violó durante 24 años y tuvo seis hijos con ella. Pero también existen otros casos menos publicitados, aunque igualmente aberrantes; informaciones que aparecen y desaparecen de las páginas, dejando la perturbadora certeza de que el abuso de menores no respeta edad, clase social, nacionalidad, profesión ni parentesco.
Según cifras de UNICEF, 228 chicos por hora son víctimas de abuso y se estima que la cifra es parcial debido a que la mayoría de las víctimas nunca llega a la denuncia por vergüenza o por miedo. La Organización Mundial de la Salud calculó que, anualmente, alrededor de 73 millones de niños y 150 millones de niñas menores de 18 años sufren algún tipo de violencia sexual en el mundo y que más del 20% de las personas que alcanza la vida adulta lo experimentó de alguna forma. El silencio y el ocultamiento social se mantienen aunque crecen los casos, las denuncias y las coberturas periodísticas. ¿Por qué las víctimas siguen eligiendo el silencio?
“Desde todas las historias y sociedades siempre han existido hechos que se han intentado disimular; temas tabúes de lo que no se debería hablar, pero que la desesperación, impotencia y amargura de muchas personas han hecho que salgan a la luz –sostiene la licenciada Carina Scaglia, socióloga y presidenta de la ONG Siembrasoles –. Estos hechos suceden cada vez con mayor frecuencia. Por vergüenza, por no saber qué hacer, por tratar de negar lo ocurrido o por el que dirán, se intenta callar situaciones dolorosas.¿Por qué sucede? ¿Será que muchos han intentado desenmascarar al perverso abusador sin encontrar eco o respuestas en la Justicia? ¿O será que somos demasiado hipócritas y desmemoriados? Muchos son los interrogantes a la hora de hablar del abuso sexual infantil. En el caso del niño, cuando se decide a contar lo que le pasa, pareciera estar en el banquillo de los acusados, hablando de espaldas en programas de televisión, recorriendo cada resquicio de la Justicia para contar su verdad. Debemos entender que es muy difícil para él. Por eso el Estado debe incentivar y garantizar medidas de prevención y protección frente al abuso sexual infantil. De otro modo, no podremos avanzar en este doloroso tema”.
Para la licenciada Fabiana Porracín, psicóloga y antropóloga de la UBA, el tema es complejo: “La problemática a la que nos enfrentamos en el momento de hablar con los hijos acerca del abuso enfrenta una paradoja desde su inicio. Está comprobado que un altísimo porcentaje de los progenitores son precisamente los actores o cómplices de ese abuso, sea por acción o por omisión. Instituciones, profesionales, demás familiares, amigos y vecinos de ese niño que no cuenta en el seno de su familia con la protección y cuidado que requiere deben dedicar y aportar lo que sea posible para su cuidado por el estado de total indefensión en que ese chico se encuentra. Pero los chicos necesitan aprender de sus padres qué cosas suceden en la realidad y, mucho más, deben estar al tanto de aquellos hechos que podrían perjudicarlos. Todo chico tiene derecho a saber de qué y cómo debe cuidarse cuando papá y mamá no están. Se debe explicar qué está bien y qué está mal en relación al trato que merecen recibir, cómo puede un adulto aproximarse a ellos, qué no puede hacer jamás. Se debe informarles de las situaciones en las que tienen que estar precavidos, y se les debe hablar de forma clara, concreta, concisa, con términos simples, accesibles para el chico, transmitiendo la idea de aquello que bajo ningún concepto debe tolerarse, permitirse y enseñándoles que es algo que debe ser denunciado, le suceda al chico o a un amiguito. Y el tema debe transmitirse tal como se los educa para el resto de los peligros, en el marco de un diálogo, comunicación y educación que esté en función de enseñarles el autocuidado”, instruye Porracín.
¿SE PUEDE PREVENIR? Para la licenciada Eva Rotenberg, psicoanalista, directora de Escuela para Padres y autora del libro Hijos difíciles, padres desorientados. Padres difíciles, hijos desorientados (Lugar Editorial), la comunicación es vital a la hora de evitar los casos de abuso. Y estar alertas es la única forma de detectarlo. “Previamente a hablar del tema debe existir una fuerte conexión afectiva entre padres e hijos. Eso es lo primordial porque hoy los chicos se sienten solos: sus padres viajan o trabajan todo el día y ellos realizan múltiples actividades fuera de la casa. Entonces el abusador arma un vínculo con el chico; una relación basada en el afecto y capta a aquellos que muestran una gran carencia. Y éstos, al necesitar atención y vínculos fuertes, comienzan a ser seducidos. El chico no sabe lo que le va a pasar, es ingenuo: busca cariño, no sexo. El abusador lo hace sentir un elegido, un ser especial –explica Rotenberg y aconseja comenzar a plantear la cuestión tempranamente–. El ingreso al jardín es un buen momento. Hay que explicarles que su cuerpo es sólo suyo, que no deben dejar que nadie los toque ni acaricie y que si sienten que alguien los mima de un modo extraño tienen que contarlo. Además, deben saber que nadie les puede sacar o hacerles quitar la ropa interior, ni tocar sus partes íntimas. Se les puede decir que hay gente mala, que no se puede ir con cualquier persona a lugares alejados, y que no están obligados a hacer nada que los incomode. Los niños deben saber decir que no y pedir ayuda. De nada valen los sermones ni los retos; se debe dejar en claro que nunca deben tener vergüenza de recurrir a sus padres. No se les debe explicar concretamente qué es el abuso, porque es abusivo hablar de sexualidad adulta con un nene. A veces los padres piensan que deben ser explícitos, pero en realidad no es así: los chicos no entienden de genitalidad”. Reconoce que el caso Corsi generó algunos inconvenientes para los terapeutas, porque los padres comenzaron a dudar de llevar a sus chicos a la terapia por temor. Sin embargo, la especialista recomienda priorizar la integridad de los chicos: “El tratamiento es muy importante. Y para detectar posibles abusos es vital que los padres estén atentos a cualquier cambio de conducta de sus hijos”, señala.
Para la licenciada Elvira Berardi, psicóloga clínica y directora del Programa de Ayuda para Niños Abusados Sexualmente (A.N.A.S.), conviene aprovechar la cobertura que dan los medios a los distintos casos, como un disparador para instalar el tema en casa. “Muchos chicos llegaron a mi consultorio gracias a que se quebraron frente al noticiero y reconocieron que a ellos les había pasado algo similar. Pero antes de educar para la prevención del abuso hay que empezar por darles una educación sexual abierta, clara y coherente –manifiesta Berardi al tiempo que denota la existencia de múltiples errores a la hora del planteo–. A los chicos no se los deja explorar su propio cuerpo. Todavía tenemos una fuerte carga religiosa que genera tabúes y a partir de ellos, silencios. Claro que también es fundamental no atorarlos con conocimientos que no están en edad de metabolizar, porque tampoco se los debe obsesionar con la sexualidad, sino transmitirles que es algo positivo si existen cuidados propios y ajenos. Todavía existen familias sexofóbicas basadas en una educación represiva que generan más problemas que soluciones. Lo importante es la buena relación entre padres e hijos, y enseñarle al chico que no debe ser tocado por adultos. El problema, sin embargo, se da cuando los abusos provienen de los propios padres. Tuve casos de madres que manoseaban a sus hijos de manera inapropiada; y de padres recién separados que, cuando se llevan a sus hijos el fin de semana, abusaban de ellos. Pero el peor enemigo de este tipo de casos es el miedo, por eso lo mejor es abrir los ojos. Y sobre todo generar un ida y vuelta apropiado con los hijos”.
LA LEY DEL MAS FUERTE. El adulto que abusa de un niño sabe que cuenta con poder para manipular y aprovecharse de su víctima. Y que ella, además de sentirse y saberse en inferioridad de condiciones, está aterrada. No obstante, los especialistas aseguran que aunque el chico mantenga en silencio lo que está viviendo, los signos del abuso se hacen visibles en cambios de conductas muy evidentes (ver recuadro). Si bien en la Argentina aún no existe una legislación unificada vinculada a los delitos sexuales, a fines del año pasado el Senado aprobó la creación de un Registro Nacional de Identificación Genética de Abusadores, un proyecto que espera la votación de Diputados para convertirse en ley. Cuando finalmente se implemente, la norma deberá garantizar la existencia de un registro que almacene y sistematice la información genética asociada a muestras o evidencias biológicas obtenida en el curso de una investigación criminal y de toda persona condenada con sentencia firme por delitos sexuales. En Estados Unidos, una ley fue más lejos: el 31 de octubre de 1994 el Estado de Nueva Jersey aprobó un Registro de Protección a la Comunidad que brinda información personal –como domicilio, tipo y lugar de trabajo y actividades extra– sobre delincuentes sexuales peligrosos puestos en libertad. La normativa se conoce también como La ley Megan, porque fue sancionada luego de la violación y asesinato de Megan Kanka, una nena de 7 años que fue estrangulada por un vecino de 35 años que había recuperado la libertad luego de dos condenas por abuso sexual contra menores.
El terreno virtual, sin embargo, también es un peligro real. Se sabe que uno de los lugares elegidos por los delincuentes para cometer delitos sexuales es internet, por la facilidad para establecer contacto con menores. Marcela Czarni, presidenta de Asociación Civil Chicos.net alerta: “Los chicos son curiosos y hay que prevenirlos de lo que puede encubrir el anonimato de la virtualidad. Pero eso no tiene que ver sólo con las nuevas tecnologías, sino con la educación en general: tienen que aprender a cuidarse a sí mismos y a los demás. El problema más grave es que nadie toma conciencia: los chicos por ingenuos, los adolescentes por rebeldes y los adultos porque no tienen mucha idea sobre todo lo que se puede hacer con las nuevas tecnologías. Por eso, recomendamos que los padres traten de utilizar cada vez más los recursos que usan sus hijos. Así como en el mundo real, en el ciberespacio tiene que haber pautas y límites basados en el cuidado, el respeto, la integridad, el peligro. Este es el desafío: comprender sin necesidad de ser un experto tecnológico, ir más allá de las habilidades técnicas para acercarse al significado de las modalidades de vínculo y trabajar desde ese enfoque la prevención”. La especialista, que impulsa programas de educación sexual integral y cuidado de personas, recomienda, cuando sea posible, ver qué es lo que hacen los chicos cuando se conectan y quiénes son sus amigos, así como se les pregunta cómo les fue en la escuela, qué deberes tienen y qué hicieron en el recreo. “La virtualidad es un mundo tan verdadero como el real, repleto de gente de carne y hueso”, concluye.
Dirige nostalgia a novel escritor
December 26, 2008 by Revista Opción
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En la vida hay pendientes que de pronto asaltan, como el amor no consumado, aquel que se pensaba en el destierro hasta que un día se rebela como una determinante, incluso, del presente.
A ello refiere Sombras de aquellos sueños, volumen a través del cual se estrena como novelista el abogado Enrique Fernández Castelló (Ciudad de México, 1950).
Editada bajo el sello SUMA, de Santillana, la novela da cuenta de una serie de pérdidas donde la nostalgia es el hilo conductor.
“Dicen que los seres felices no tienen historia, y ésta es una historia de pérdidas. El personaje (un Secretario de Estado de nombre José Antonio Escandón) está en busca del amor perdido, su matrimonio ha naufragado y aspira a convertirse en Presidente de la República, lo cual no alcanza y además no iba alcanzar porque es un hombre demasiado decente, hasta cándido, tal vez”, señala el autor en entrevista.
Pero la madre de sus pérdidas se llama Laura Aguilar, una joven de clase media que durante sus años de juventud le sembró las más grandes emociones y expectativas, latentes hasta que un día la protagonista se esfuma súbitamente de su vida.
La nostalgia hacia aquellos años está presente a lo largo de las 315 páginas del libro, precisa Fernández Castelló.
“Pienso que la nostalgia es agridulce. Es agradable pero también dolorosa. Nos transporta a momentos de maravilla pero al mismo tiempo nos entristece porque sabemos que aquello no volverá”.
Lo anterior es el motor de Sombras de aquellos sueños, cuya narrativa se estructura a partir de una serie de flash backs, saltos en tiempo que van conformando una suerte de biografía de Escandón.
Ambientada entre Acapulco, la Ciudad de México y París, la novela se constituye por 42 capítulos que abarcan cinco décadas de su vida, que van de los años 50 a finales de los 1990.
“El manejo del tiempo es fundamental (en la novela). Me ayuda a describir el México de aquellos años, y que ya no existe. Es también una especie de rebelión, de nostalgia por el México seguro, donde los niños jugábamos en la calle, teníamos novias en otras colonias y nos íbamos a verlas en bicicleta sin ningún peligro. Nos daba la noche en la calle y no pasaba nada”.
Aunque Sombras de aquellos sueños refiere a una historia y personajes ficticios, el contexto es real, precisa el autor.
Además, la trama se apoya de una serie de inserts periodísticos que Fernández Castelló distribuyó a lo largo de las páginas, anunciando sucesos como el Halconazo del 71, el Movimiento del 68 y el asesinato de John F. Kennedy.
Los sitios acostumbrados por el protagonista, ya en París, Acapulco o la Ciudad de México, así como la oferta comercial y cultural de la época también refiere al México retratado, sobre todo al de la década de los 70.
“Busqué darle un referencia real al lector, ayudarlo a ubicarse en el tiempo”.
La novela posee dejos autobiográficos, reconoce quien obtuvo la Licenciatura en Derecho por la UNAM: “creo que todo autor no se puede abstraer del todo, porque al final se relata o inventa una historia nutriéndose de lo que uno vive”.
Fernández Castelló culminó Sombras de aquellos sueños, su primera novela, tras aproximadamente seis años de trabajo, tiempo durante el cual recibió asesoría y consejo de autores como Eduardo Casar, Gerardo Rod, Alejandro Tarrab, Eduardo Sánchez y Marisol Martín del Campo.
Ya disponible en librerías, el volumen fue presentado por autor a principios de diciembre en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en compañía de Rafael Tovar y de Teresa y Carlos Elizondo Mayer-Serra.





